Centenario

 

Bebo mi café por rutina, si es que este aún así puede llamarse. Desde hace diez años el grano de café se ha vuelto exótico. Los incendios en el trópico arrasaron con las plantaciones colombianas y brasileras más grandes en la década de los 50. Los suelos, devastados, dejaron de ser fértiles. Se hicieron esfuerzos para cultivarlo bajo condiciones controladas, pero no fue suficiente. Mientras Latinoamérica destinaba sus escasos recursos en la lucha contra la sequía y el hambre, China desarrolló una planta modificada que sólo ellos cultivaban y así monopolizaron el mercado. Se habló del renacer de la ruta de la seda, pero reemplazada por el café. Rusia y Turquía son los principales distribuidores del preciado grano chino, que lo revenden a un monto fuera del alcance de países como el mío, que tiene otras prioridades. Por ello, no tengo más remedio que conformarme con esta bebida artificial, que más sabe a mierda que a un verdadero café.

 

Vislumbro con emoción una noticia en la holopantalla: ¡Hoy se conmemora el aniversario del Apolo 11! Esta es una de los logros de la humanidad que me siguen sorprendiendo cada vez que los recuerdo. “Magnífica desolación”, exclamó Aldrin casi con tristeza cuando pisó la luna, un presagio apropiado del porvenir. Inevitablemente, llega a mi memoria un vívido recuerdo del doctor Rău, con quien discutí en mi juventud acerca de los viajes espaciales. Sus profundos ojos aguamarina tenían la habilidad de parecer sabios y bondadosos, aunque una mirada prolongada podía sembrar en ti la incomodidad de desconocer los pensamientos de una mente brillante que te observa.

Me pregunto, ¿qué pensaría el doctor Rău de mi próximo retiro en la luna? La Tierra ha dejado de ser un lugar seguro para un viejo como yo. Por fortuna, esto lo pude anticipar cuando aún era joven. Desde que la muerte se llevó al amor de mi vida, decidí destinar todos mis ahorros en asegurar el disfrute de mis últimos años entre los selenitas, en un viaje sin retorno. Al fin y al cabo, no hay nada que me ate a este mundo más que mis recuerdos. Me llevaré conmigo la sonrisa de mi madre, las navidades con mi familia y los viajes con mi amada. Irán conmigo mis manos y con ellas la esperanza de continuar escribiendo hasta mi último suspiro, en el sublime desierto gris de un mare.

 

Recuerdo con nostalgia mi afán por no defraudar el ávido gusto por las letras del doctor Rău, por no delatar mi ignorancia literaria de la que era menos consciente antes de conocerlo. El lenguaje para él lo era todo. “Si tú te ganarás la vida con algo, debes hacerlo bien. El lenguaje de un médico debe ser preciso. Aunque todos lo escriban así no debes hacerlo igual, porque lo que la mayoría normaliza no es necesariamente lo correcto”, me reprendió una mañana en su consultorio, cuando empleé un anglicismo en la historia clínica. Con mis veintiséis años, quizá no pude reconocer la profundidad de sus palabras, pero a mis setenta y seis, sí que la veo con claridad. He conocido centenares de personas en mi vida, pero si pudiera separar a aquéllas que han dejado huella en mí y en muchos otros, las pocas seleccionadas quizá reunirían algunas de las cualidades que tenía el doctor Rău.

 

En el Congreso de Nano-Urología de Hong-Kong, de hace cinco años, compartí una botella de vino con el doctor Visgal en la reducida terraza de su habitación. Los dos lamentábamos que se haya olvidado escribir. Desde la caída del Capitolio, el inglés se volvió obsoleto y su impacto se extendió a todas las letras. “El mundo no necesita escritores, necesita programadores”, dijo el Emperador Xuantong II, en su famoso discurso de la ONU. Sus palabras repercutieron de tal manera que el lenguaje de programación se volvió el idioma universal. Sustituyó a la literatura en los colegios y en las universidades. Todos los médicos “escriben” ahora de esta forma, entendible por todos y sin lugar a confusiones. Esto facilitó enormemente los avances alcanzados en cirugía nano-robótica, porque los médicos logramos comunicarnos directamente con los nano-robots y así dirigirlos sin intermediarios.

 

Aquella noche nos preguntábamos ¿qué pensaría el doctor Rău si hubiera sabido esto? Una palabra podía parecerle tan bella como una mujer. Conocer una nueva podía perturbarlo por semanas. Seguramente no lo habría tolerado. Bajo su semblante inefable se podía leer su exquisita sensibilidad por lo efímero. Podría jurar que era tan sensible como Kawabata. ¿Vería también la belleza en los números con los que ahora describimos a los pacientes? ¿los números a los que se reducen también nuestras emociones y memorias?

 

Nosotros mismos somos cada vez un número más pequeño. La mayor culpa la tiene la guerra, que trajo consigo más hambre y enfermedades. En un mundo insostenible como el nuestro, las políticas de hijo único son más que razonables. No hay suficiente agua ni comida para todos, no hay lugar para los hijos. Para suplir necesidades de paternidad insatisfechas, muchos han adoptado ratas domesticadas. La carne de los gatos y de los perros es comercializada como lo era antes la del cerdo. Las ratas tienen suerte de que su carne es aún poco apetecida por las masas, pero sospecho que en un futuro cercano su destino será el mismo que el de la Ectopistes migratorius.

 

En definitiva, esta no sería una buena época para tener al doctor Rău entre nosotros. No habría tolerado tanta decadencia. El mundo no sería digno de tenerlo, pese a que personas como él sean las que tanta falta le hacen. Afortunado yo y todos lo que fuimos sus alumnos, porque sus enseñanzas nos siguen influenciando, incluso ahora que todos somos viejos.

 

Einstein planteó con su teoría especial de la relatividad que el tiempo se dilata cuando se alcanzan velocidades cercanas a la de la luz, permitiendo viajar al futuro. Pero el futuro no afecta el presente, el pasado sí. Los físicos teóricos del siglo anterior coincidían en que era imposible viajar al pasado, una verdad absoluta aún indiscutible. No obstante, hace un año se descubrió la brecha temporal de la internet: un cuerpo no puede viajar al pasado, pero la información sí. Verbigracia, si se envía un correo electrónico con una fecha de destino del pasado, se puede engañar al sistema para que la información pueda ser recibida en esa fecha. Los efectos de enviar mensajes al pasado no pueden medirse en nuestra misma realidad, porque sería una paradoja enviar un mensaje que pudiera evitar nuestra propia existencia y con ello aniquilar la posibilidad de enviar un mensaje al pasado. Sin embargo, desde los descubrimientos de Mersini-Houghton ya no hay duda de que vivimos en un multiverso y que la realidad, que es susceptible de afectarse, es una paralela a la nuestra.

 

 Confieso que antes era muy escéptico al respecto. Pero la evidencia de señales recibidas de esa realidad paralela es cada vez más convincente. Por ello, he decidido enviar unos cuantos mensajes a las personas que me inspiraron a lo largo de mi vida, con la esperanza de que en una realidad alterna del pasado puedan recibirlos. El Imperio podría castigarme con quemaduras en las manos por escribir en castellano antiguo, o peor aún, podría condenarme a la horca si descubriera el fin de mis mensajes. Pero ya no le temo al dolor ni a la muerte. El primero puede transformarse en el amor más puro, mientras que a la segunda ya la he aceptado como una parte inevitable de mi viaje.

 

Cuando terminé mi rotación de urología pediátrica con el doctor Rău, quise demostrarle mi gratitud con un presente. Pero él no era un hombre que se pudiera sorprender con una botella de licor o con un bolígrafo. Él merecía mucho más que eso. Ahora que estoy viejo he decidido regalarle este relato, con la esperanza de demostrarle mi gratitud por sus enseñanzas. Le obsequio la duda de pensar que él ha inspirado un cuento de ficción o que recibe un auténtico mensaje del futuro, aunque sospecho que la primera opción podría alegrarle más. De cualquier manera, ambas posibilidades son dignas de inmortalizar a un Maestro.

 

Sinceramente,

                    

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Srul Ackerman, 20 de julio de 2069

Autor: Srul Ackerman

(Pseudómino)

XIV CONCURSO DE CUENTOS Y POESÍA

SOCIEDAD COLOMBIANA DE UROLOGÍA

LV Congreso Colombiano de Urología 15 a 18 de octubre de 2020

Cuentos 

 

Letras rojas

 

Es una tarde plomiza en esta ciudad sucia. Veo la lluvia imparable desde la ventana de mi consultorio, mientras disfruto cómo el petricor se mezcla con el humo de mi cigarrillo. Nunca me había percatado de lo placentera que resulta esta combinación de olores.

– Doctor Santiago Román, el paciente de la primera cistoscopia ya está en la cuarta sala, puede proceder al lavado quirúrgico – anuncia la enfermera con su voz nasal desde el otro lado de la puerta.

Hoy es uno de esos días en que tengo ganas de nada, ni siquiera de hablar. Me da un acceso de tos, así que me harto del cigarrillo y lo arrojo al vaso con agua, que ahora se tiñe de negro. Disfruto esa clase de rebeldías pequeñas, como lanzar una basura en el lugar que no debo.

Al entrar a la sala quirúrgica, el frío en ella me hace entumecer. Encuentro al paciente ya acostado, con los campos quirúrgicos dispuestos. Es realmente obeso. Tiene el pubis abultado, cubierto de un vello espeso que esconde casi por completo su pene. Su cara está oculta por un manto oscuro, y francamente no me importa conocerla.

Me pregunto cuál es el motivo por el que le ordenaron el estudio. Si mi maltrecha memoria no me falla, es por una estrechez uretral. ¿O era ese el caso del paciente anterior? Ya no recuerdo. Le pregunto al paciente reiteradas veces si conoce el motivo, pero no responde. La auxiliar me señala que el paciente es medio sordo, así que me rindo y comienzo el procedimiento.

El frío de la sala me sigue sorprendiendo, es casi insoportable.  La enfermera confirma que el aire acondicionado ha estado apagado en todo momento. Aterido, tomo el cistoscopio entre mis manos y también está gélido. El látex de mis guantes se adhiere al metal como lo hace una lengua a una paleta de helado. Siento los pulpejos de mis dedos quemarse. Aún así, inicio el procedimiento.

La uretra anterior luce normal, la próstata no parece obstructiva, el cuello vesical y el trígono no tienen alteraciones. Sin embargo, al dirigir la cámara hacia la cúpula vesical, observo una lesión sobre elevada con una forma que semeja la letra S. Podría jurar que tiene la apariencia de haber sido hecha con una aguja, con la que se habría piqueteado repetidamente el tejido hasta hacerlo sangrar y dejar así una cicatriz. Decido alejar un poco el lente y descubro justo a su derecha otra lesión similar, aunque con la forma de una E. Termino por retroceder hasta casi el cuello vesical para así tener una visión panorámica, y entonces puedo leer por completo: SE TODO SOBRE TI.

Cada palabra es una púa que me atraviesa. Me invade inmediatamente una sensación de desvanecimiento, al tiempo que mi corazón retumba amenazando con abandonar mi pecho. Me siento desconcertado por la rareza de lo que observo e irracionalmente iracundo. Extraigo tembloroso el cistoscopio y grito que me confirmen el nombre del paciente, pero mis palabras huyen y nadie responde. ¿A dónde se han marchado todos?

«¿Cuál es tu nombre?» Le grito al paciente al tiempo que lo sacudo por la cadera, pero no obtengo respuesta. «¡Hijo del demonio serás! Has venido aquí a perturbar mi alma, pero el frío que te envuelve te ha delatado y me rehúso a convalecer ante tu farsa».

Tiro con todas mis fuerzas del manto que oculta su rostro. Me estremezco al creer que reconozco sus arrugas tensas de perplejidad, sus profundos ojos asustadizos y sus labios entreabiertos coronados por ese bigote desaliñado. Tomo la historia clínica y busco desesperadamente entre papeles su nombre, pero este había sido recortado en cada uno de ellos. Frustrado, tomo su mano pálida de piel frágil como papel, para encontrar la respuesta en su manilla de identificación. Entonces trago saliva y me sostengo del frío metal de la camilla para no caerme, porque su nombre, escrito en letras rojas, es Santiago Román.

Al cabo de un instante me encuentro rodeado de un sin fin de enfermeras harapientas que exclaman que debo calmarme. ¿Cómo pueden pedirme eso? ¿Acaso no han notado que él y yo somos el mismo? Me atan de las muñecas y de los tobillos, a pesar de luchar con todas mis fuerzas. Mientras tanto, el otro, libre, permanece inmutable. Lo miro fijamente para reprocharle que es su culpa lo que me pasa. Cuando por fin su mirada y la mía se entrecruzan, siento que penetra cada parte de mi ser sin permitirme ocultarle nada. Mis memorias, mis temores, mis deseos: todo lo sabe y lo devora. Intento fallidamente desviar mis ojos, pero él me doblega a su antojo. Me arranca todo desde adentro, como un ave carroñera.

Noto que una discreta sonrisa se esboza en su cara, y es entonces cuando recuerdo que esto ya lo he vivido. Sí, millones de veces. 

– ¡Qué alguien me diga qué hora es! – vocifero.

– Aquí no hay lugar para el tiempo – afirma contundente una de las enfermeras. Esa era la respuesta que esperaba, ahora comprendo en qué lugar estoy. Me río a carcajadas y ellas en venganza me atan con más fuerza.

– ¡Sólo yo sé todo sobre mí! – les aclaro satisfecho.

Entonces despierto sobre el mueble de mi sala, es de madrugada. El viento helado zumba a través de la ventana.  Estoy empapado en sudor y exhausto por la pesadilla que se ha repetido otra vez, tan lúcida que podría relatarla con detalles. Me fumo un cigarrillo recordándola y boto la colilla a la calle antes de cerrar la ventana. Me dirijo a mi cuarto, me desnudo y me miro en el espejo con melancolía. Finalmente me acuesto, apago la lámpara de la mesa de noche y en la oscuridad me retiro el reloj de mi muñeca. Trago saliva al palpar una manilla de papel que estaba oculta bajo el reloj, porque inevitablemente recuerdo aquellas letras rojas. Mi respiración se agita. No quiero encender la luz y ver mi nombre escrito en ella. Si es así, podría seguir dentro del sueño, o quizá he muerto y este es el infierno que siempre he merecido.

Me arranco la manilla de un solo golpe y la arrojo al suelo. Enciendo la lámpara bruscamente con mi puño, y para mi sorpresa, ¡es la manilla del bar al que había ido!

Me río como nunca, hasta quedarme nuevamente dormido.

 

 

 

Autora: Bruje Tunubalá

(Pseudónimo

 

EL HOMBRE Y SU PERRO

 

Por Samuel Jiménez González

El médico solo sentía que las grandes olas lo manejaban a su antojo y que el mundo le daba vueltas. Miraba a su alrededor y solo veía que el inmenso mar era su verdugo. Haciendo un esfuerzo intentó fijar su vista en algún objeto que le sirviera de referencia. Era inútil porque todo giraba como al vaivén de una ola gigante. Anhelaba ver una orilla cercana y segura, pero todo lo que vio fue un paisaje oscuro, como el de un huracán en medio de una tormenta.  Había muchas nubes negras, todo en medio de un horizonte que era aún más oscuro. Se asusto con lo que vio.

Una embarcación poderosa y gigantesca, en comparación a su ya frágil cuerpo, se acercaba cada vez más rápida en forma peligrosa y dramática.

Sabía que si la nave lo embestía significaba su muerte.

Como pudo dio una vuelta sobre sí mismo y entonces cayó en la cuenta, que estaba en el sofá de su apartamento y que su fiel perro le lamia la cara y lo hizo despertar un poco de su borrachera.

El día anterior había estado en unos de los pocos eventos sociales que asistía. La edad, las enfermedades, y sus condiciones de salud propias de la vejez, así lo disponían. Sus mejores amigos y algunos familiares se habían excedido ofreciéndole bebidas alcohólicas. Ahora pasaba mucho tiempo en un encierro voluntario, producto de sus decepciones con sus mejores amigos. Eso sumado al recuerdo amargo con algunas de las mujeres, que ya eran parte de su galería de amores pasados, lo habían convertido casi que en un ermitaño.

Miró a su alrededor y se dio cuenta del motivo de su aterradora visión. Su pesadilla era por el óleo central de su sala, la cual era llenada por un Netto.

Ese cuadro lo había adquirido en una galería de Nueva York, y luego había tenido la fortuna de convertirse en el medico y amigo del autor. Su pasatiempo favorito con el tiempo fue hacer tertulias culturales con varios de los artistas que pasaban por su consultorio o que se ponían en sus manos de cirujano.

Tres mujeres desnudas, le alegraron la noche, la una era una artista famosa, la segunda una joven en su segunda o tercera década y cerraba el trio, una mujer con semblante inteligente y un cuerpo seductor. Eran caras y cuerpos de Tessarolo, Lookart y Bettelli. Sus cuadros lo tranquilizaron, pues supo que no estaba en el inmenso mar, sino en la soledad aterradora de su apartamento.

Miró entonces a otra pared y vio un hombre uniformado, era Bolívar con espada y condecoraciones, pero tenía la cara de un exdictador americano, que, en sus delirios megalomaníacos, había muerto convencido que era el segundo libertador de su patria. Ahora parecía un mal chiste, sino fuera por la tragedia que sufrían los habitantes del país deprimido. Si ese dictador pudiera ver, que el producto de sus decisiones, habían convertido un país rico en un país pobre, se revolcaría en su tumba. La tercera parte de su país había huido a países vecinos y ahora estaban convertidos muchos en limosneros de cualquier esquina.

Entonces en su cara se configuro una sonrisa y le pasó su mano acariciadora a su viejo perro. Su nombre era Suertudo y su raza Beagle. Ahora con quince años, envejecía a su lado. El perro había perdido su olfato, tal vez su principal cualidad después de su lealtad. Entonces recordó que el ya no tenía ese olfato. Era el mismo olfato, pero dedicado a buscar diagnósticos difíciles, que lo había hecho tan famoso, con sus pacientes y tan odiado por sus colegas. La envidia siempre había existido entre los hombres y el anciano medico no era la excepción.

Otra imagen de un famoso pintor le recordó a uno de los primeros médicos de la humanidad, quien con algunos de sus colegas habían tenido el orgullo de ser los profesores de Hipócrates en el antiguo Egipto. Era Imothep con un fondo de la primera pirámide. La misma que él había diseñado, en su doble condición de arquitecto y médico. Había convencido al faraón, que un ser viviente no merecía ser enterrado, sin que nadie supiera donde estaba su última morada. En forma subrepticia había ordenado a los obreros, que en la noche lo colocaran a su muerte al lado del emperador.

Siguió mirando a su alrededor y en el fondo vio a uno de los Papas romanos, sentado en su silla vaticana. Un italiano nacionalizado, lo había pintado con un búho en el hombro y una cotorra en su mano. Al fin y al cabo, esos animales eran los símbolos de la prudencia que da la sabiduría del estudio nocturno y la lengua fácil y repetitiva de los imprudentes, de quienes pasan su vida con el mismo discurso insulso propio de los necios.

 

Continuara…

 

Autora: Bruje Tunubalá

(Pseudónimo

 

Información

Sí desea obtener más información, no dude en ponerse en contacto con Dayan Lote al email asistenteadministrativa1@scu.org.co o al WhatsApp +57 311 2451918.

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